Bien cierto es que acostumbro a pasar etapas en las que mi sensibilidad se agudiza y me emociono con más facilidad, afectándome más las cosas. Y aunque ahora no me encontrase en una de esas etapas, creo que me hubiese emocionado y habría derramado la  misma lagrimilla que acabo de verter mientras me ahogaba un nudo en la garganta al terminar esta obra de Hemingway merecedora de un premio Nobel de Literatura.

“Un hombre puede ser destruido, pero nunca vencido”

Esta frase de Santiago, el viejo pescador cubano que desafía los límites de la resistencia humana, resume el sentir de esta obra.

Con un ritmo lento, casi místico, nos embarcamos en un viaje introspectivo en el que se pone a prueba la capacidad de lucha del hombre, su valentía y bondad. El viejo Santiago, perdido en la inmensidad del océano, con su vetusta barca, sus preciados aparejos, el sol, la luna, las estrellas, y un compañero de viaje al que respeta casi más que a su propia vida, y cuyo afán por pescarlo, lo llevó a alejarse más de lo que debía de la costa pudiendo costarle dicha vida, nos sumerge en sus pensamientos más profundos, su necesidad de no perder la cordura en su lucha con el pez más grande que jamás vio, mientras sueña con la majestuosidad de los leones que veía de joven corretear por la arena de la playa de las costas africanas.

La dureza de la cotidianidad de este viejo pescador, cuyas vivencias delatan unas arrugas como pliegos, hendiduras en la piel hechas con el arado del implacable e inexorable paso del tiempo, y la crudeza del final de la obra, tocan teclas en el lector capaces de desatar indefectibles sentimientos de pena primero, y admiración después. He aquí pues, mi más sentido homenaje a los que día a día luchan por seguir adelante, con la cabeza alta, sin quejas, sin lloros, con valentía, independientemente de cómo les vengan dadas, porque nadie dijo que el camino fuese fácil.

“El mundo es tan bonito y valioso que se lucha por él”. Ernest Hemingway

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