A lo largo de la historia, muchas son las grandes ciudades que han zozobrado ante diversos desastres naturales. Un claro ejemplo de ellas son los terremotos de Lisboa (1775) y San Francisco (1906) con sus posteriores incendios, o los grandes incendios de las ciudades de Londres (1666) y Chicago(1871). El sismo de Lisboa vino acompañado de un maremoto que hizo desaparecer la ciudad bajo las aguas, y su huellas alcanzaron a muchas ciudades españolas e incluso europeas (aún recuerdo a una guapa guía achacando a dicho terremoto grietas en la fachada de la catedral de León). El de San Francisco tiene su clara explicación en la situación de California en la falla de San Andrés, y los incendios de Londres y Chicago, por la desorganización para la creación de cortafuegos la primera, y por la arquitectura de la ciudad (siguieron los consejos del segundo de los cerditos y construyeron sus casas de madera) la segunda.

Desgraciadamente, el fin de semana pasado (4,5 y 6 de Octubre del 2008), otro incendio de dimensiones colosales arrasó la capital de nuestro querido país. Pero al contrario que las anteriores catástrofes, esta vez la culpa la hemos tenido un grupo de irreductibles hordas bárbaras. Todo comenzaba en la Plaza del 2 de Mayo, erigida en honor al levantamiento de Madrid para expulsar a los Franceses, agrupando en la actualidad una buena zona de marcha donde nos tomamos unas birras mi amigo Charlin y yo, junto con dos nuevos insurrectos conocidos esa noche: Javi, Ingeniero Industrial que casualmente trabajaba en una fábrica de cerveza y nos tuvo que llevar a su casa para hacer una cata selecta, y Gon, de Gonzalo, Dj de Drum&Bass, que se perdió dicha cata. La noche era joven, las estrellas iluminaban nuestro camino, y tras nosotros comenzábamos a dejar encendida la mecha que acabaría arrasando la ciudad.

El recorrido (obviando los detalles, que se entierran en la noche) comenzó, tras esa cata de cervezas especiales que jamás había probado, por una visita al Contraclub, Un club de puta madre de Bailén, con buena música y gente guapa. Nada de niños. Para aquél entonces el globo era considerable, y el descontrol también. Yo me perdía por el garito con mi gorro, unos Docker a rayas de pitillo, un polito azul y unos.. ¿ZAPATOS?. jojojo, con semejante figurín el cachondeo estaba asegurado, y tras charlar con una tía que acababa de quitarme el gorro, sobre mi supuesta inteligencia por decir “cupiese” en lugar de “cabiese”, ya que según ella la mayoría de la peña del bar no sabría decirlo (mira que hay que ser tonta del culo) y repasar El Proceso de Kafka, me di cuenta de que la subnormal no estaba demasiado bien de la azotea cuando me preguntó si había leído a Proust. Valiente conversación a esas horas de la noche. Me rallé, la dejé con la palabra en la boca y fuí al rescate de mis amigos. Irremediablemente acabaron echándonos de allí, con lo que tuvimos que Afteragüear los tres mosqueteros.

Nos dirimos a La Noche, antro perdido en no sé donde, y a la salida del garito ya estaba el primer equipo de combate formado: María, rubia de ojos azules y madre de una niña a la que más tarde perdimos (¡por cierto con mi gorro!); Mamem y Javi, matrimonio puretas, él clon de Corbacho y profesor de universidad y ella una tía de puta madre y probablemente la más cuerda del equipo. Salimos de La Noche, como no podía ser menos, de día, y para aquel entonces el siguiente destino era O Moinho, Cafetería del centro cerca de Plaza de España y que al parecer reúne a todos los perdidos de esas horas. Allí y hasta que nos volvieron a echar (¿joder de una cafetería?), nos dio tiempo a incrementar el grupo con los fichajes de Sergio, Torres, Julito y no se cuantos más que seguían con todo su “hostiazo” el contoneo de María por la calle, mientras avanzábamos al siguiente destino: Moñar. Ahora sí, bar ocupado sólo por nosotros, donde nos pudimos poner bien agustito de birra, platos de cocido, boquerones fritos, o lo que la señora nos ofrecía, básicamente a Mamen y a mí, porque otros, como Julito con su desencaje de mandíbula, estaban para pocos boquerones.

Casi en Gran Vía, superando ya el medio día, decidimos continuar con nuestro plan terrorista por la Latina y el Rastro. No resultó difícil: bonito día soleado, gente por todas partes, y nosotros sin hacer el más mínimo esfuerzo por disimular nuestra condición de terroristas pirómanos atacados por una sensación de hedonismo histriónico que dejaba huella allá por donde pasábamos. Nuestras dos primeras bajas fueron María y Julito. La primera bailando por Gran Vía con mi Gorro, el segundo tras ella flotando y cantándole lo mucho que la quería. Valiente espectáculo. Una vez en la Latina la cosa fue de terrazas. A jarrita por cabeza y terraza, fuimos dejando miguitas de pan para todo aquel que quisiese encontrarnos hasta acabar en el Toma que Toma, donde las tapitas por momentos nos hacían recuperar la cordura. Falsa alarma, allí nadie iba cuerdo, y prueba de ello es que esta vez sí, nos echaron de allí a porrazo limpio los municipales, de lo que me alegro profundamente porque salvaron a mis colegas de la ira de un clan gitano que llevaba ese garito y los 50 de alrededor. Por suerte me libré de todo el jaleo (como no, me encontraba pidiendo para variar más cerveza en la barra en esos momentos) y aquí tuvimos otra nueva baja, la de Javi, gambita profesional, liante-buscador de problemas, quién corrió como alma que lleva el diablo hasta el fin del mundo y del que nunca más se supo.

El grupo se reducía y las horas pasaban, habíamos pateado todo el centro de Madrid, el sol continuaba con su ascensión paulatina, y las fuerzas comenzaban a hacer mella en el grupo, pero aún así allí estábamos Sergio, Mamen, Javi (Corbacho), Charlin y yo tomándonos unos cubatas en otra terracita alejada del clan gitano. Faltaban pocas horas para coger mi autobús de regreso a Cáceres, pero la gente no podía más. Deserción total ante la llegada de los Geos por el incendio provocado, y en estas nos vimos Sergio y yo en su casa con unos litros de cerveza (hay que ver lo rica que está la jodía). ya eran las 19:30, e inconscientemente me relajé con lo que la pérdida de mi autobús fue provocada. Aún nos quedaron fuerzas a ambos para un mano a mano hasta las 3am del lunes, y sólo Dios sabe que ocurrió para que no acabásemos en el Weekend quemando nuestros últimos cartuchos (bueno Dios y los cajeros de Madrid que comenzaban a estar aburridos de que fuésemos a visitarlos). Así que en cuanto tuve un poco de cordura a mimir unas horitas en el sofá de Sergio, y volar con lo puesto y una empanada mental considerable hacia Méndez Álvaro para desparramarme en el primer autobús con destino a Cáceres. Gracias a Dios todos acabamos incólumes de lo acaecido, y la pulisía no tiene rastro de los pirómanos. Os hago cómplices… pero no se lo contéis a nadie, que ya son muchas y nos estamos haciendo mayores.

“¡Quién dijo miedo habiendo hospitales!” Jorge Zapico

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