La historia que les narro a continuación, aconteció un verano a mediados de los noventa, en la ciudad de Guayanabo (municipio de Guayanabo) situada al sur de la bahía de San Juan, capital del país que me vio nacer: Puerto Rico.

Mis padres Ricardo Rivera, ingeniero naval y mi madre, María Piñero, licenciada en derecho, se conocieron en sus años de juventud, en la universidad católica del Sagrado Corazón de Santurce. Fruto de aquel amor sincero surgieron mis hermanas mayores Alicia y Lucia, de diez y once años, y yo, que en aquel verano contaba 8 años.
Vivíamos en una bonita casa colonial a las afueras de Guayanabo junto con mi abuela materna María; el único de mis abuelos que he conocido.

Si existe un paradigma de infancia feliz esa es la mía. Crecimos sin privarnos de nada y en un ambiente de cariño y amor. Mi padre pasaba poco tiempo en casa y el peso de nuestra crianza y educación recayó sobre los hombros de mi madre y mi abuela.

La tarde en que acontecieron los hechos, acabábamos de comer todos juntos en el jardín. Papá, que era muy aficionado a las barbacoas, nos había preparado cordero y patatas a la brasa. Mi abuela se encontraba en el porche en un balancín donde le encantaba echarse la siesta después de las comidas y mis padres conversaban en la cocina mientras mis hermanas recogían la mesa. Yo por ser aún muy pequeño solía librarme de esas tareas y disfrutaba con mis juguetes a los pies de mi abuela quien se había quedado dormida.

Hacía mucho calor. Posiblemente aquél fue uno de los veranos más cálidos y húmedos de mi infancia. De repente, un coche que venía a más velocidad de lo usual en aquella zona, aparcó bruscamente en la puerta de casa. Se bajaron de él tres hombres. Como era el único que estaba en el porche en ese momento, aparte de mi abuela que dormía plácidamente, pude ver la situación con todo detalle desde el inicio. Recuerdo que iban demasiado vestidos para el calor que hacía y eso me sorprendió, Se me quedo grabado en la mente la cara de uno de ellos mirando al cielo cuando de repente se cubrieron las cabezas con unos pasamontañas, comprendí a pesar de mi pueril ingenuidad que algo extraño estaba ocurriendo. Tire de la falda de mi abuela con vehemencia para despertarla. Lo que ocurrió después pasó muy rápido. Dos de los hombres sacaron unas metralletas automáticas de sus abrigos y apuntaron a mi abuela a quien acababa de despertar. El tercero se acercó a mí, se metió la mano en el bolsillo y antes de que mi abuela profiriese un grito sacó de éste un chupa-chups. Me lo dio y nos pidió amablemente que callásemos con el índice en la boca. Uno de los hombres armados nos agarró a mi abuela y a mí y nos tumbó en el salón. Los otros dos se introdujeron en la casa. Segundos después oía gritar a mi madre y ruido de platos rotos. Trajeron a mis padres y hermanas a la fuerza y el hombre desarmado comenzó a hablar. :

– Usted Ricardo Rivera, sabemos que tienes bastante dinero, que guardas parte de él en casa y dónde lo tienes escondido. Si obedecéis no os ocurrirá nada, sino es así mataremos a tu familia.-

Mi abuela, no pudo más, alzó la cabeza con actitud bizarra y les rogó que se llevasen lo que quisiesen pero que por dios no hiciesen daño a los niños. El jefe de los ladrones la miró fijamente y en tono apacible le respondió que no se preocupase, que si seguíamos sus instrucciones todo el mundo saldría incólume. Mis hermanas abrazadas a mi madre no paraban de llorar. Dos de ellos subieron a la parte de arriba de la casa para bajar minutos después con un pequeño saco donde habían introducido las joyas y el dinero que mis padres guardaban en casa. Justo cuando se disponían a irse, mi abuela se levantó y agarró al jefe, que era el último en salir, del brazo.

– Doy las gracias al Señor por habernos protegido y que no hayan tocado a los niños; he visto la luz que hay dentro de ti, hijo mío, y desde hoy rezaré porque encauces tu corazón y abandones el mal camino. –

El ladrón mantuvo la mirada unos instantes a mi abuela, y ante el silbido de uno de sus secuaces, abandonó corriendo la casa, se metió en el coche y desaparecieron.

Por suerte nos repusimos bien de aquel duro golpe, tanto anímica como económicamente, y tres años más tarde hicimos un viaje a Orlando en el que mis padres nos llevaron a Disney World.
El domingo que regresábamos, mi abuela nos convenció para que no faltásemos a nuestra cita semanal con el Señor y fuésemos a una parroquia cercana al hotel antes de ir al aeropuerto, no sin antes discutir con mi padre.
Todavía no se había oficiado la misa, con lo que aprovechó para confesarse. Nosotros la esperábamos arrodillados en unos bancos frente al presbiterio rezando. Yo no le quitaba ojo pues aunque hacía años que acompañaba a mi abuela los domingos a la eucaristía, aún seguía fascinándome extrañamente toda la parafernalia que la envolvía.
El confesionario se encontraba en la nave lateral en una zona lóbrega.
Siempre me sorprendió que con lo santa que a mis ojos era la abuela, se confesase semanalmente e invirtiese tanto tiempo, pero aquel día, quizá por las prisas de mi padre ya que íbamos con el tiempo justo, me dio la sensación de que tardaba más de lo normal.
Repentinamente el cura salió del confesionario y mi abuela comenzó a llorar. Éste se arrodilló frente a ella, la ayudó a levantarse, la abrazó con ternura y desapareció tras el Altar. Cuando mi abuela regresó a nuestra posición nos dijo que al término de su confesión, el cura había reconocido su voz y pronunció las siguientes palabras – soy el fruto de tus plegarias. Bendita seas mujer, tú y los tuyos. – salió del confesionario, la ayudó a levantarse y le dijo -gracias. Te debo la vida.

Aquél hombre, fue el mismo que tres años antes me dio un chupa-chups mientras sus socios nos apuntaban a mi abuela y a mí con unas automáticas.

(Autores: Mi hermano Jorge y yo.)

“El necio aplica todas sus energías a la venganza, el perdón es la venganza de la sabiduría”. CH. Wernicke

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