¿Quién no recuerda la escena del baile entre John Travolta y Uma Thurman en Pulp fiction, en ese estrambótico restaurante llamado “Jack Rabbit Slim”, en el que te sentabas a cenar en un Cadillac y te servía la cena el doble de algún actor famoso?

Tarantino recrea una secuencia genial, con diálogos eclécticos (así son durante toda la película y casi diría toda su filmografía) música, decoración y escenografíara que conforman todo un universo, una Historia del cine y la música universal. Se hacen latentes las influencias de éste del mundo del comic, el cine negro o las series televisivas de los 70’s.

Graffiti de Banksy realizado en 2002

En esta escena, Vincent Vega se ve obligado por su jefe, Marsellus Wallace a sacar a cenar a su mujer, Mia Wallace [y reirle los chistes (anecdótico pues tras la sobredósis de Mia cuenta por fín su chiste y Vincent no se ríe).]

No voy a aportar nada nuevo que no se haya dicho ya sobre la obra magna de Tarantino y probablemente la mejor de los 90’s, pero si por algo me ha fascinado siempre esta escena de la película, es por el estado narcotizado de ambos y la consiguiente situación generada. La actuación de ambos actores (Travolta abrumado en su viaje heroinómano y Thurman con su puestazo de cocaína) es sublime, y la compenetración de los personajes en estados de consciencia tan dispares llega a su paroxismo durante su baile en el concurso del Jack Rabbit Slim. Vincent viene de pegarse un chute de heroína y Mia no para de esnifar cocaína ni siquiera en el restaurante durante la cena. Él relajado en exceso, sólo se preocupa por salir airoso de una situación que le incomoda por tratarse de la bella mujer de su jefe. Ella, deseosa de disfrutar de una divertida velada, no oculta en ningún momento ni por sus temas de conversación ni por sus gestos, los efectos de la droga. Pero todo esto, que hasta el momento de salir a la pista es bastante evidente, queda claramente reflejado con maestría durante el twist bailado por ambos.

Sincronía perfecta. Intercambiados los clásicos roles dentro del baile de pareja, es ella quién marca el ritmo y tempo del baile adelantándose por instantes a los movimientos de él, mientras que él, recordando etapas pasadas en Fiebre del sábado noche, se deja llevar por ella, la música, la situación y su “viaje” con movimientos dulces, suaves y elegantes, pero sin perder nunca de vista a su compañera de baile. Miradas cómplices rebosantes de sensualidad, bioritmos diferentes que dejan al espectador sumido en un trance durante el ritual y que llevan a pensar en la siguiente escena ya en casa de ella que “algo más” puede ocurrir, hasta que claro está, todo se viene al traste con la ingestión accidental de Mia de heroína (¡una raya inmensa!) encontrada en el abrigo de Vincent, confundida con cocaína. Y es en este instante, justo cuando creíamos que la fusión iba a ser de otro tipo, donde por fin ambos personajes (la cocaína y la heroína) se solapan y sí que llegan (al menos Mia) al paroxismo.

“El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos. Bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad, saque a los débiles del valle de la oscuridad, pues ese es el verdadero guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos. Y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos. Y tú sabrás que mi nombre es Yavéh, cuando caiga mi venganza sobre ti.”  (Ezequiel, capitulo 25, versículo 17) Jules Winnfield

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