Seco, exprimido, estrujado, degustado hasta la última gota de mi esencia, de mi ser… seco. Así me dejaste la primera vez que te vi. Todo pensamiento lastrado se evaporó de mi mente mientras tu contoneo por el pasillo marcaba un camino incierto que yo seguía bajo los efectos narcotizantes de tu trasero bien definido bajo la falda de tu vestido.

Seco, enjuto, extenuado. Drogas y alcohol han perdido la lucha. Ya no pueden competir con tus ojos por lograr el control de mi mente. Tu hipnosis ha dado resultado y ahora te pertenezco. El conjuro invocando a Afrodita fue escuchado por Ares en su lugar, quién dotándome de escudo protector y “lanza” me empujó a la lucha en un cuadrilátero de 1’90 x 1’40 donde tenía todas las de perder.

Seco, consumido, deshidratado… exangüe gemía sujetando tus pechos con firmeza, cabalgando contigo en busca de mi paraíso. Agarrándote de la crin para que no te escapases y arañando tu espalda arqueada y encharcada en sudor. Manteniendo un ritmo acompasado que nos lleve a los dos a una explosión de sensaciones que por instantes nos evadan de esta vida. Pierdo el sentido mientras eyaculo violentamente. Noto mi piel pegada a músculos y huesos, y el sordo eco del cabecero de la cama contra la pared se extingue poco a poco en el vacío de mi mente. Nos fundimos en barro mientras las contracciones provocadas por tu orgasmo me engullen como si de un parto a la inversa se tratase, como si esa niña traviesa que llevas dentro tirase con fuerza de mi pene para no dejarme huir… ni despertar; y mientras las cenizas del acto consumado se esparcían sobre la cama, y sin el luto preceptivo, nos veíamos involucrados en una nueva batalla sangrienta, en una lucha sin cuartel, sin vencedores ni vencidos, en una guerra apátrida por el control de nuestros corazones. Herido de muerte me dejas… herido… y seco.

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