Sigo golpeando tu cara. La rabia me consume por dentro mientras la ira proyecta cada uno de mis puños sobre tu rostro. La sangre salpica mis brazos, y la locura asoma a mi mirada a cada crujir de tus huesos. Me siento vivo.

El odio me corroe y el ácido sulfúrico deshace mis venas. Ya no respiras, No oigo tus gritos ni tus llantos y el silencio más absoluto se apodera de la estancia. En cuanto mis ojos blancos inyectados en sangre recuperan su azabache natural la ira da paso a la confusión y el miedo. Veo tu cara desfigurada a través de mis manos ensangrentadas y comienzo a recuperar el control de mi mismo poco a poco. El silencio se quebra por el sonido de las sirenas, cada vez más intenso, hasta que dos hombres se abalanzan sobre mí y me reducen y esposan.

Cadena perpetua fue el veredicto, y 20 los años que llevo encerrado en este infierno de cárcel de máxima seguridad olvidada en cualquier pueblo sin nombre del Estado de Texas, y desde aquél fatídico día hasta hoy, no ha habido un instante en que me arrepintiese de lo ocurrido. De hecho, me sometería a mil cadenas perpetuas más y recibiría cualquier castigo inimaginable por poder revivir aquél instante en el que el violador y asesino de mi niña moría ante mis ojos con mis propias manos. Venganza.

“La venganza es el manjar más sabroso condimentado en el Infierno”. Sir Walter Scott

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