Llegas a casa ebrio y cachondo, porque la amiga que vilmente te acaba de emborrachar hace rato que te dejó con un beso en la mejilla en la esquina de tu calle y estará llegando a su casa. Un amigo te saluda desde el sofá cuando irrumpes en el salón para acto seguido continuar roncando, y sólo se distingue la luz del pasillo, así que como no tengo sueño me siento delante del ordenador y me pongo a escribir. Quizás hubiese sido más práctico poner algo de porno, hacerme una paja e irme a la cama, pero lo que realmente me apetece, Jou, es escribir. Me importa un bledo el fondo y menos la forma, tan solo escribir. Ni si quiera me he despojado de mi abrigo, ni del sombrero negro de patriarca adquirido à Paris, ni del fular, ni del calentón. Realmente no estoy tan borracho, bien pensado hasta sereno estoy qué cojones.

La Santísima Trinidad se ha personificado en mí: Cabeza, Corazón y Polla, que si bien deberían ser tres en uno, hoy son más independientes que nunca. Un libre albedrío que me incomoda al no saber quién gobierna el castillo. ¿Qué es lo que quiero? ¿Quién manda hoy? Difícil respuesta cuando el engrasante que fluye entre las piezas no es la sangre, ni mi espíritu, sino alcohol. Pero no un alcohol cualquiera, un tinto color del rojo picota al rojo rubí, muy parecido a la sangre y que hubiese dado el pego irrigando a la Santísima Trinidad, pero que a estas alturas de la vida, a ninguna célula de mi cuerpo engaña siendo reconocido al instante como un buen Ribera del Duero. 

¿A quién debería escuchar?

¿Cabeza?¿Corazón?…

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