No debería aficionarme a escribir borracho, primero porque delato un vicio por otra parte reconocido públicamente, y segundo porque me patina demasiado la neurona y me pongo a teclear palabras sin ton ni son, pero tampoco lo puedo evitar. Por lo pronto confieso que si son las 7:30 de la mañana del sábado y estoy escribiendo bebido es porque hoy no juego mi rutinario partido de voleibol de los sábados, y claro está, aunque me había propuesto no salir y liarme, tampoco tenía excusa para evitar lo contrario, y así ha sido. Llamada intempestiva a las 4:30h de la mañana y yo que “casualmente” no estaba dormido, sino más bien degustando un improvisado cubata de agua con azúcar, limón y ginebra (no había mezcla), me he animado a tomarme la penúltima copa fuera de casa. Lo ocurrido en el intervalo de tiempo transcurrido entre mi salida de casa y mi llegada carece de importancia, que ya lo decía Rober el de Extremoduro: “Salir, bebeeeer, el rollo de siempre, meterme mil rayas, hablar con la gente, llegar a la cama y joder qué guarrada sin tí… y al día siguienteeeee”

Pues al día siguiente madrugar, duchita de rigor, un buen desayuno Kellogs, el de los campeones, y reflexión matutina sobre mi situación actual en la vida, qué coño espero de ella, a qué cojones aspiro, dónde estoy, por qué y hacia donde me dirijo. Quizá demasiado profundo para un Sábado por la mañana. Sí, tal vez sea mejor plan dormir hasta que alguien me despierte, bien mi madre para recogerme y llevarme a casa a comer (mal no me vendría) o bien mi entrenador cagándose en mis putas muelas por ser las 17:00 de la tarde y no haberme presentado al entreno de voley. ¡Qué vida más dura la mía!

“No solo de pan vive el hombre. De vez en cuando también necesita un trago”. Woody Allen

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