La Ley de Godwin se inventó para Internet, como enorme ágora, pero la ley de Godwin vale para cualquier debate: “A medida que una discusión se alarga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a Hitler o a los nazis tiende a uno”. Mike Godwin, abogado y miembro fundador del grupo de ciberactivistas Fronteras Electrónicas, la formuló en 1990, en los primeros años de los foros de debate online de Usenet. Su ley era una buena pista para los moderadores de estos grupos de tertulia digital: cuando alguien sacaba a los nazis sin venir a cuento, había llegado el momento de hablar de otra cosa,  el hilo se cerraba, y quien mencionase a los nazis automáticamente perdía la discusión. Además, quien señalase la ley de Godwin en un hilo también “perdía” la batalla, al no considerarse correcto usar explícitamente la ley en una discusión. De esa forma la ley de Godwin prácticamente garantiza un límite en la longitud de las discusiones. 

Godwin desmontaba así una falacia muy común, una trampa argumental. Cuando algo se compara con el mal absoluto, con el Holocausto, el debate inevitablemente termina, pues pasa a ser una discusión sobre el bien y el mal en términos superlativos. En realidad, Godwin reinterpretaba una expresión del filósofo Leo Strauss, que acuñó la expresión Reductio a Hilerum (reducción a Hitler) para desmontar una falacia similar: que cualquier cosa es mala si el mal absoluto –el nazismo– lo practica. Es un tipo de reducción al absurdo: si Hitler tomaba pan, es que el pan es malo. 

Sin duda una ley curiosa que por suerte, o por desgracia (pues los comentarios o líneas de discusión no han alcanzado una longitud considerable para comenzar esas comparaciones con el mal absoluto) no he llegado a aplicar en mi blog, pero que no sólo me parece curiosa, sino digna de aplicación y estudio.

Se denomina una “trampa 22” a aquella situación en la que una persona se ve afectada por una regla en la que cualquier alternativa que elija le acaba perjudicando. El término (Catch-22) procede de la novela de Joseph Heller del mismo título, publicada en 1961, en la que se narra la historia de un piloto estadounidense en la Segunda Guerra Mundial que trata de evitar entrar en combate haciéndose pasar por loco. Paradójicamente, el artículo 22 del reglamento establece que nadie en su sano juicio querría pilotar un bombardero en semejantes circunstancias, de modo que su alegación demuestra en realidad que está cuerdo y que debe seguir pilotando.

De acuerdo con esta regla, todo piloto que quiera volar demuestra que no está en sus cabales y debe ser relevado, pero para ello debe enviar una solicitud de revisión. En el momento en que lo hace, la trampa se cierra sobre sí misma y el aviador pasa a ser considerado como cuerdo, puesto que ningún loco presentaría una queja. En definitiva, no hay elección posible ni manera de salir del sistema. Hay otro ejemplo de una trampa 22 en el cuento La dama o el tigre de Frank Stockton. También es conocida como el problema del huevo o la gallina.

Un ejemplo muy conocido de esta circunstancia ocurre cuando se busca el primer trabajo: uno puede encontrarse o caer en una trampa 22 porque no puede conseguir trabajo sin experiencia previa, pero no es posible obtener experiencia sin un trabajo. Un caso parecido se ha dado alguna vez con los inmigrantes, a los que se solicita un permiso de trabajo para trabajar y un trabajo para obtener el permiso de trabajo.

“Si sale cara gano yo, si sale cruz pierdes tú”. Anónimo

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