Kilómetro 18. Un muro. Corro solo desde hace cuatro kilómetros. Un ritmo endiablado nubla mi mente y la impide volar pensando en otras cosas que no sean llegar a la meta. Cruzo bajo un puente y el quedo eco de la voz de un miembro de la organización animando a los corredores se hace cada vez más intenso al reverberar en las paredes del túnel.– Vamos chicos, un esfuerzo más que sólo quedan tres kilómetros, ¡ánimo! –. Miro al tío que nos anima, cruzamos nuestras miradas, aprieto puños y dientes y con un gesto de fuerza instintivo incremento el ritmo haciendo más amplia aún mi zancada y la cadencia de mis pasos. Todo, absolutamente todo salía a la perfección. Llevaba varios kilómetros corriendo solo y mi táctica para sobrevivir fue ir marcándome corredores que fuesen 20 o 30 metros delante mía como meta a alcanzar, con lo que hacía tiempo que no sólo nadie me sobrepasaba, sino que era yo el que acaba a un ritmo frenético habiendo ido de menos a más para ir quitándome corredores de en medio. La respiración iba bien, pero sentía a cada metro las piernas cuarteadas. Casi como un gesto instintivo automatizado chupaba la sangre de mi mano tras la caída sufrida en el km 10 y pisaba con más fuerza para reventar una ampolla en el pie izquierdo que comenzaba a incomodar mi marcha. Aún así continuaba con la misma sonrisa con la que empecé la competición porque puedo asegurar que ayer fue un día feliz para mí. El km 19 se había convertido en el kilómetro más largo de mi vida y no era consciente de que aún quedaban dos por delante que lo iban a superar.

mediamaraton

Los antecedentes a la carrera no habían sido los más favorables. Charly yo yo jugamos un partido de voley la tarde anterior, y por si el desgaste hubiese sido poco, nos resultó imposible acostarnos antes de las 4:30 am, teniendo que levantarnos a las 8 de la mañana ya que a las 10 era la salida en la IV Media Maratón del Distrito de la Latina. Casi resultó más duro despegarse de las sábanas que la maratón en sí, pero tras un desayuno a base de café y dónuts que nos había preparado mi amiga Noelia, quién nos acogió en su piso y nos trató como a los ángeles, comencé a esbozar la sonrisa que comentaba antes y que aún me dura hoy.

Siempre me gustó correr, pero desde que me asocié con mi amigo Charly para dicho menester, la palabra correr alcanzó otro significado. Disfrutábamos de nuestras charlas, nos desahogábamos el uno con el otro, y pasé sin darme cuenta de trotar media hora a correr a ritmo ligero una hora en un periquete y sin que dicha transición fuese traumática. Pero si el cambio de correr solo a correr acompañado fue gratificante para mí, la evolución a correr rodeado de tres mil corredores más ha sido brutal. Toda la energía emanada de mi ser regresaba a mí amplificada por los corredores de mi alrededor. Me sentía un espermatozoide más disfrutando del viaje por los conductos seminales en busca del óvulo perdido.

Felicidad y emoción eran las sensaciones que me embriagaban, y  mis ojos transmitían ese brillo del niño que descubre las cosas por primera vez. Comienzas a conocer gente de lo más variopinta y a entablar conversaciones. Un día soleado y espléndido nos da la bienvenida a las 9 de la mañana y nos dirigimos a recoger los dorsales, el mío: 1850. Grupos de amigos bromean, amas de casa estiran, viejos, jóvenes y gente que tenía pintas de no haber hecho deporte en su vida se arremolinaba a nuestro alrededor. Charly y yo no parábamos de hablar. Me explicó qué hacer con un chip que te dan para atar en los cordones y que graba el tiempo oficial que haces, pidió unos clips para enganchar nuestros dorsales en el pecho bien a la vista y trazamos una estrategia para la carrera. Él me conoce de sobra porque  llevamos mucho tiempo corriendo juntos, y aunque nos acoplamos a la perfección, nuestros estilos son muy dispares. Mientras Charly es una apisonadora que se controla y conoce a la perfección, que marca un ritmo y lo mantiene para ir poco a poco a más, yo soy un corredor inquieto, incapaz de mantener un ritmo constante, capaz de hacer múltiples cambios de ritmo o incluso la goma si paso un mal rato. Prueba de ello fue una caída que sufrí en el km 10 por comprobar la sincronía de un marcador temporal que allí había con mi crono que hizo que me despistase y tropezase de lleno con un socavón que hirió (arañazos nada más) mi costado, manos y espalda. Hice un sobre esfuerzo y recuperé el terreno perdido, sobre esfuerzo que me vi obligado a repetir cuando torpe de mí, se me desataron los cordones de una zapatilla por no haber hecho un doble nudo como Dios manda antes de comenzar la carrera.

La consigna inicial, un poco conservadora era comenzar a un ritmo tranquilo que los dos soportásemos bien e incrementarlo a tope en los últimos kilometros, cosa difícil porque Charly intuía que me tendría que echar un lazo al cuello para sujetarme ya que la emoción me embriagaba, y la inquietud me impediría mantener el “teórico ritmo tranquilo”. Así que tras calentar, nos fuimos a la salida y tuvimos la suerte de colarnos en las primeras filas, y aquí he de recordar que éramos 3000 participantes. ¿Os imagináis la pedazo organización que se necesita para controlar el evento? Se lo curraron de puta madre. Desde consignas para dejar las bolsas hasta los regalos y avituallamientos durante y tras la carrera. El año que viene sin falta repetimos.

Pistoletazo de salida, los profesionales volando sin apenas tocar el suelo y Charly y yo (en este video aparecemos de los segundos 12 al 22), tal y como habíamos planeado, a nuestro ritmo para no dejarnos llevar por la emoción que la carrera era muy larga. No paraba de ver gente adelantándonos y eso me mataba pero Charly “el Sabio” me sujetaba bien de la correa que me había echado al cuello para que no me desbocase, y así cayeron los primeros dos km hasta que encontramos nuestro grupo de combate. 5 amigos de una escuela de atletismo comandados por Raúl, y que nos llevaban un puntito por encima de nuestro ritmo natural para que forzásemos un poco la máquina y no nos relajásemos. Un tío 10 metros delante mía bromeaba y otro que iba 10 por detrás le respondía y así pasaban los kilómetros. Compadreo y empatía por aquél que está sufriendo lo mismo que tú ante un duro repecho (de los numerosos que hubo en la carrera). La gente arremolinada en el camino animando y aplaudiendo. 

Pero a partir del km 13, Raúl comenzó a estirar el grupo en fila de a uno y Charly comenzó a quedarse descolgado, o a recular para acabar sin problemas la carrera y ahí tuve que tomar mi primera decisión. ¿Sigo p’alante o lo espero? La decisión fue continuar solo mi aventura. Quedaban pocos kilómetros y me encontraba estupendamente, pero lo que no sabía, es que esos pocos kilómetros que quedaban valían por todos los que llevábamos hechos. Así que en el km 15 decidí imponer un ritmo loco que descolgó a los chicos del equipo de atletismo, quienes hasta ese instante nos habían hecho la carrera, y recorrí los 6 últimos kilómetros en solitario.

Podría describir mis pensamientos y sensaciones cada eterno instante del último kilómetro y como la mente me traicionaba diciéndome… “Rafaaa… para ya tío, que lo has hecho, baja el ritmo y déjate llevar que esto está acabado…” y cuanto más me decía eso la cabeza, más rápido iba yo, para acabar entrando en la meta con un sprint.  1h 36′ 34” fue el tiempo oficial con el que terminé la prueba, quedando en el puesto 485 de la general (de 3000) y en el 152 de mi categoría. Dos minutos después llegaban nuestros compañeros de viaje y sufrimiento del equipo de atletismo comandados por Raúl, y a los 4 minutos hacía su aparición Charly con la cara desencajada y la satisfacción en su mirada por haber completado su tercera Media Maratón con un tiempo de 1h 40′ 12” en el puesto 737.

Guardaré el dorsal 1850 en mis recuerdos para siempre.

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