(Por Antonio Escohotado)

Llamada inicialmente “dolofina” por su fabricante, en homenaje al nombre propio de Hitler, esta droga fue ofrecida en 1939 a los médicos del ejército Alemán como analgésico. Sin embargo, bastaron unos meses de experimentos para que la sanidad militar la desechase por “demasiado peligrosa”. Años más tarde renació en Estados Unidos como sedante y remedio contra la tos, pero no adquirió sentido providencial hasta mediados los años setenta, cuando el presidente Nixon lanzó la idea de que era una “droga contrarrevolucionaria”, capaz de curar a los heroinómanos. Acutualmente se emplea en buena parte del mundo como “rehabilitación y tratamiento” para consumidores de opiáceos naturales, siguiendo las directrices americanas. Con todo, sólo una mínima fracción de los yonkis parece dispuesta a sutituir su heroína por la metadona.

La metadona es un apaciguador “psíquicamente muy romo”, nada satisfactorio como vehículo eufórico. El usuario percibe en vez de calma una promesa incumplida de tal cosa, experimentada como a lo lejos, de un modo frustrante, sin inclinación a relacionarse relajadamente con otros, y privado también de las ensoñaciones que constituyen la parte “estética” del opio y la heroína. Ello explica que una inmensa mayoría de los mantenidos en metadona traten de reorientar su estado con alcohol, estimulantes y tranquilizantes, para potenciar sus efectos narcóticos o para limar aspectos incómodos de la intoxicación… La metadona sólo parece útil para: a) abandonar un hábito de opiáceos naturales sin sufrir de inmediato una reacción de abstinencia; b) mantener el hábito -e incluso incrementarlo-, pero sin estigma social.

“El mal uso de las drogas no es una enfermedad. Es una decisión, como pararte enfrente de un coche en movimiento. Podrás llamarlo un error de juicio.” Phillip K. Dick, escritor de ciencia ficción estadounidense.

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