Si uno de los artistas que me sorprendió en el MOMA de Nueva York fue Sam Hsieh y su vida dedicada al arte, o su arte dedicado a la vida, con performances realmente duras, el otro que me sorprendió fue el artista alemán Martin Kippenberger, en su exposición “El problema de la perspectiva”. Nacido en Alemania (Dortmund) en 1953, y que murió en 1997 a la edad de 44 años. Artista rebelde, fue muy prolífico a pesar de su muerte a tan temprana edad. Tenía una gran colección de autorretratos, y otra muy curiosa realizada con folios de notas de los distintos hoteles por los que iba pasando en sus viajes por todo el mundo. En dichos folios escribía, diseñaba, dibujaba y pintaba cualquier locura que se le pasase por la cabeza. Digno de un genio. También se puede apreciar una amplia colección de carteles de sus distintas exposiciones todos ellos de gran originalidad y gran valor artístico pero sobre todo de diseño.

Activo no sólo en pintura, escultura o arquitectura, desempeñó labores como promotor, diseñador de montajes expositivos y director de museo. Todas ellas, experiencias en las que supo atraer al público con una gran espontaneidad y con un agudo humor que se aproxima a lo sarcástico, presente igualmente en su obra plástica.

El que sale en ¿la foto? de arriba es él en cualquier rincón de la ciudad de Nueva York, y no, no es una foto, pero esa fue mi primera sensación al verlo de lejos inmenso ocupando toda una pared de una sala. Es acrílico sobre lienzo.

“Todo con moderación”, aconsejaba Aristóteles. Martin Kippenberger nunca se apropió de este mensaje, como un buen amigo señaló después de la muerte del artista. La carrera artística de Kippenberger -con sede en su país natal, Alemania, pero que abarca  lugares tan remotos como Florencia, Madrid, Viena, Nueva York, Los Ángeles, Río de Janeiro, Syros, y el Yukón, fue un compromiso de veinte años de exceso incontrolado. Se inició en la década de 1970, en un momento en que la grandeza del arte moderno de repente parecía lejano -una celebración de un siglo de duración ha cerrado la puerta a los recién llegados. La respuesta de Kippenberger  fue la creación de su propio partido y de fundición a sí mismo como un artista-bufón cuyas payasadas encubierta permitían un análisis penetrante del arte y sociedad contemporáneo y la sociedad. Las puntuaciones de los carteles que diseñó para sus exposiciones comienzan a sugerir la energía creativa canalizada en sus miles de obras, entre pinturas, esculturas, instalaciones, dibujos, grabados, múltiples, libros y grabaciones. Aceptando toda la gama de su producción y, sin embargo, de ninguna manera exhaustiva, esta exposición contribuye al proceso de absorción de una de los más inventivos e influyentes cuerpos de obras de arte de finales del siglo XX.

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