16 de Mayo del 2009 era el día señalado en el calendario. Coria la ciudad y las 19:30 la hora. Casi dos meses hacía ya que acabábamos la liga, y al trío voleibolero formado por Charly, Fernando y yo se unían ayer dos nuevos representantes del club: Rafa y Néstor.

La II Media Maratón Ciudad de Coria era a priori una carrera ideal para poder prepararnos en serio tras finalizar la temporada y comprobar a qué nivel podemos estar sin ser corredores profesionales. Con esto me refiero a que las dos medias anteriores (esta ha sido mi tercera media maratón) las corrimos tras haber sufrido un duro desgaste la noche anterior con sendos partidos de voleibol, y durante la temporada resulta imposible prepararse en condiciones, pero a pesar de haberlo intentado la preparación no salió como deseábamos. Charly tuvo una gastroenteritis durísima que le cortó la preparación, sufriendo una lesión en la espalda tras un desmayo debido a dicha gastroenteritis que le ha tenido en vela hasta esta última semana de competición. Al final… corrió. En mi caso, los problemas vinieron de la mano del buen tiempo y tan significativas fechas, en las que dos largos viajes a Nueva York y Praga, junto con fiestas como la de San Jorge o el Womad, rompieron por completo la preparación que comencé tras finalizar la temporada de voleibol.  A otros como a Fernan, una preparación tan exhaustiva como larga comenzó a ponerse muy cuesta arriba en las últimas semanas. Esto añadido a su reciente paternidad provocó que desease más que nadie que llegase el día D, y poder parar de correr durante una temporada para oxigenar su mente. No obstante, a pesar de que la moral no estaba en su clímax, la ilusión seguía intacta. Rafa y Néstor se desvirgaban.

Sabíamos que el circuito iba a ser duro puesto que el Mapa mostraba una rampa final en los dos últimos kilómetros de porcentajes elevadísimos, y se transcurría mayoritariamente por caminos de tierra y piedras. Si a esto añadimos el fuerte viento de cara que soportamos gran parte de la prueba, puedo afirmar que ha sido sin duda el recorrido más duro que he hecho hasta el momento. Pero todo lo que pueda contar a priori del recorrido es poco comparado con lo que uno se encuentra in situ. Baste decir que si las dos pruebas anteriores disfruté y mucho, ayer tocó sufrir hasta límites insospechados, teniendo que controlar mis pensamientos y reprimir los continuos impulsos que tenía de parar de correr. El disfrute comenzó tras recuperarme de los fuertes mareos que tuve al llegar a meta y pegarme una ducha de agua fría, rememorando con otros corredores los calvarios sufridos durante la prueba, pero hasta entonces, hasta que uno comienza a asimilar el transcurso de tan exigente prueba, de disfrute nada. Ni olmos, ni vistas, ni campos, ni hostias en vinagre. Sólo dolor de rodillas, piernas, pezones, sudor y un gran esfuerzo por luchar contra la puta vocecita que se ha encerrado en tu cabeza y no para de martillearte con un “páaarateee“, “déeejalo yaaaa, ¿qué sentido tiene que sigas sufriendo?”,”venga lo has intentado tío, no pasa nada baja el ritmo que no vas a acabar”.

Y es que la traición en la prueba viene de la mano del circuito: salida cuesta abajo, llaneo durante la parte central de la prueba para terminar con  una subida de gran porcentaje de desnivel. Y digo que ahí viene la traición porque entre los nervios propios de la carrera, la cafeína, las ganas de superar marcas anteriores y los primeros kms con desnivel favorable, comenzamos todos a un ritmo muy superior a nuestras posibilidades, o al menos a nuestros límites conocidos. Charly y yo escapados con el grupo de cabeza y el primer km cayó en 3’35”, marca muy inferior a la media realizada en las pruebas anteriores y que iba a resultar imposible de mantener, pero lo hicimos, y no dos, sino tres kilómetros más, altura en la cuál se descolgó Charly. Primera duda: “se me está yendo la olla, ¿sigo a este ritmo o lo espero?”. La respuesta la tenía clara. Mis sensaciones no eran las mejores, pero tampoco tenía nada que perder y en el fondo creo mucho en mis posibilidades, o en mi potencial mejor dicho, así que agaché la cabeza, saqué los cuernos y esprinté para alcanzar a un corredor que iba delante mía y que rondaría los 48 años. Su ritmo endiablado, el mío, igual. Charly sufrió fuertes calambres en los abdominales y no pudo correr en condiciones, teniendo que hacer varios tramos andando. Aún así terminó la carrera. Supongo que la emoción de esos primeros kilómetros junto al calentón inicial provocaron esa situación.

A todo esto yo no bajaba el ritmo y era totalmente consciente que no podría aguantar mucho más tiempo ese nivel tan alto de exigencia, pero la curiosidad podía contra la coherencia y no me bajé de la burra siguiendo un kilómetro tras otro a ritmo de 3’50” el km. Resoplo, bufo y rebufo. Cierro los ojos y escucho el latir de mi corazón y trato de imaginarme en otro lugar más agradable, o en cuál podría ser la recompensa a tan generoso esfuerzo. Abro los ojos y reaparece plof-plof de mis pisadas acompasado al ritmo marcado por mi respiración. Mi control del ritmo rudimentario. A falta de pulsómetro o cronómetro sofisticado, me bastaba con multiplicar por 4 al paso de cada kilómetro y consultar mi crono. Elegí el 4 para facilitar la multiplicación y hacerme una idea del ritmo que llevaba, ni mucho menos porque fuese el ritmo esperado a llevar, y cuál no sería mi sorpresa al llegar al kilómetro 9 y comprobar que llevaba menos de los 36 minutos requeridos para llegar a esa altura de 4 minutos al kilómetro. Llevaba 35, o sea un ritmo de 3’50 llegando al ecuador de la prueba. No me lo podía creer, pero era consciente de que ese no era mi ritmo, al menos en el día de ayer, y comencé a temer de veras no terminar la Media maratón. El miedo hizo su aparición y eché mano de un reconstituyente de glucógeno que llevaba encima, hecho que hizo que mis acompañantes de viaje se escapasen unos metros. Nunca más los alcancé. Estaba sufriendo una obvia pájara psicológica, que no tardó nada en trasladarse a mi ritmo y mis piernas, comenzando a subir considerablemente los tiempos en los dos siguientes kilómetros.

Oigo música, alzo los ojos y en el horizonte, tras subir un pequeño repecho veo una… ¡romería!. Durante todo el trayecto no paró de salir la gente de sus casas, chalés, coches o huertas para animar a todos los corredores, y desde luego en esa romería no iba a ser menos, pero se me hizo duro ver a toda aquella gente sentada a la sombra cubata en mano y gafas de sol animándome mientras me quedaba sin oxígeno en tan leve repecho. Definitivamente quería parar y las piernas las sentía bastante resquebrajadas… ¿cuánto quedaba?

Como no podía ser menos me rehice de tan mal trago y retomé un buen ritmo que si bien no era tan endiabladamente rápido como el del primer tercio de carrera, me permitiría llegar entero al final y superando mi anterior crono de la Media Maratón de Cáceres. Comencé a jugar con mi mente como acostumbro a hacer en carrera, y fijé mi vista en dos corredores 50 metros delante mía. Esa sería a partir de ahora mi referencia… esos 50 metros, y los 10 que le sacaba al corredor que iba detrás mía, cuyos zapatazos en la arena reverberaban cada vez con más fuerza en mis oídos.

Cada vez quedaba menos, y aunque esa vocecita cabrona que me hablaba en los momentos de debilidad no paró de hacerlo hasta que crucé la meta, sabía que ya había pasado lo más duro y que me había rehecho de la pájara sufrida. Nunca más lejos de la realidad. El corredor al que aventajaba en 10 metros acabó alcanzándome sobre el kilómetro 16 y juntos seguimos animándonos mutuamente y a los corredores que pasábamos (alguno incluso andando a esas alturas). “Tranquilo tío, no te aceleres que este ritmo está genial-me dijo. ¡Aún nos queda lo peor!” Cuánta sapiencia en esas palabras, porque a partir del km 18 comenzaban a notarse las primeras rampas de subida, pero nunca nada comparable a la imagen que se vislumbró ante mis ojos al cruzar el puente y ver la pared que tendríamos que escalar. Sabía antes de comenzar la carrera que estaría allí, esperándonos, como el monstruo de la pantalla final de cualquier videojuego, pero al que nunca sabrás cómo vencer hasta que te encuentres frente a él. Instintivamente bajé mi ritmo muchos enteros y a pesar de los ánimos de mi compañero de viaje, sólo tuve fuerzas para hacerle un gesto con la mano indicándole que siguiese su camino, que mi calvario no había hecho más que empezar. Así fue. Piolet en mano, en los primeros metros de las duras rampas me deshice de la gorra. Me sobraba todo, y si no tiré la camiseta fue por la necesidad de conservar el dorsal y su código de barras. No andaba, pero tampoco corría, era una marcha rítmica que no terminaba en la cima, pues aún quedarían dos kilómetros hasta la meta, y si quería llegar corriendo y no estropear del todo mi tiempo, no podía parar en la cuesta porque después sería incapaz de arrancar. El grito del gentío subía decibelios y cualquier hálito de ánimo se transformaba en una nueva zancada. Al final coroné la cima y sin poder incrementar mucho más el quedo ritmo que llevaba me dirigí hacia la meta atravesando una plaza en la que la gente de las terrazas no paraba de animar. Por fin divisé la meta al final de una larga recta, y una vez más, se repitió el mismo proceso que las dos Medias anteriores ante tal visión. Esbozo de una sonrisa e intención de dejarse llevar por inercia hasta el final, para instantes después picarme con cualquier corredor, en este caso uno que venía detrás y me acababa de superar, y echar el resto en un fuerte esprint hasta la LLegada. Gané ese esprint, y sobretodo gané a esa vocecita interior que me había puteado todo el camino. Al final crucé la meta con un tiempo de 1h 28′ 51” rebajando otros tres minutos mi anterior marca. LLegué jodido lo admito, hasta el punto de que sufrí mareos hasta que pude hidratarme en condiciones, pero sé que en otro circuito, bajo otras condiciones podría haber bajado ostensiblemente ese tiempo, así que continúo superándome y con las ilusiones intactas para la próxima carrera. 

20 minutos después, con un tiempo de 1h y 47′ llegaba Fernando, el segundo de la expedición. Tras él llegaban Néstor y Charly. Rafa tuvo que abandonar en el kilómetro 17 con hora y media corridas. Bravo por todos. Somos ya cinco e increscendo. Siento que esto es el comienzo de algo bonito que espero que nos lleve a alcanzar cotas de superación interior. 

Por mi parte, mientras siga existiendo esa vocecita dentro de mí, tendré carreras para rato.

Caminante son tus huellas
el camino y nada más;
caminante no hay camino
se hace camino al andar.
            Antonio Machado

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