Érase una vez un psiquiátrico escondido en la ribera de un río, donde los dos valles más bonitos de la región de Cáceres confluían: el de la Vera y el Jerte. Desde el psiquiátrico de Plasencia se podía disfrutar de una bella vista cualquier día que amaneciese soleado, con lo que la paz emanada por la naturaleza pasaba a ser un instrumento más de la orquesta que vela por el buen cuidado de los internos.

La vida en aquellos lares transcurría en perfecta armonía, gracias a un ancestral Secreto que todos los miembros del reino han guardado celosamente durante siglos. 

Pero un buen día el Rey de la Diputación de Cáceres Murió, y le Sucedió en el Trono su Majestad el Rey de la Junta de Extremadura, con lo que aquél Psiquiátrico y sus gentes pasaron a formar parte del nuevo reino de la Junta. Hacía años que las hordas de la Junta habían ampliado sus fronteras y posesiones en brutales batallas por el dominio de la tierra Extremeña, pero esta vez la transición fue pacífica, y así lo asumieron los humildes habitantes de aquél maravilloso castillo situado en la confluencia de dos valles, los más bonitos de Cáceres, a la ribera de un río.

Aparentemente nada cambió y las gentes del castillo continuaron sus quehaceres cotidianos un día tras otro hasta que una soleada mañana apareció al galope un mensajero del Rey anunciando su llegada en poco tiempo al castillo para tomarlo en posesión y dejar allí un pequeño destacamento permanente. Para que eso fuese posible, y como acto de buena fe, decidió enviar una avanzadilla con sus dos hijos predilectos, Rafael, primogénito y sucesor al trono, y la princesa Rosa, hermana menor, para que hiciesen los preparativos e inventariasen todo cuanto había en el psiquiátrico. Así fue y los habitantes del Castillo dieron una gran fiesta de bienvenida al día siguiente cuando hizo su aparición la avanzadilla del Rey con los principes Rafael y Rosa a la cabeza. Sin más dilación ni pérdida de tiempo, el Duque de Plasencia director regente del Castillo, asignó a los príncipes dos escuderos de mantenimiento de su máxima confianza con las llaves del psiquiátrico para que mostrasen a sus Excelencias las estancias del castillo.

Y así pasaron los días. Los príncipes recorrían los jardines y los aposentos del castillo acompañados por sus respectivos escuderos, José el del príncipe Rafa, y Vito el de la princesa Rosa; y por escribanos que tomaban nota de todo cuanto los príncipes dictaban. Esta parte era esencial para la toma pacífica por parte del Rey de la Junta de sus posesiones, pues existía el peligro de que tras la muerte del venerado Rey de la Diputación, la propia población, o inclusive la nobleza o el clero, quienes eran más duchos en tan malas artes, expoliasen la fortuna del difunto Rey ahora perteneciente a la Junta y su Imperio.

Los príncipes hicieron su trabajo obteniendo en todo momento la colaboración de todo el personal e inclusive pacientes del psiquiátrico, y así llegó el día de la llegada del Rey.  Ese día cerró la Lavandería, dejaron de sonar las máquinas en los talleres de pintura, decoración, encuadernación, costura o telares en Laboterapia. Los ancianos en sus sillas de ruedas copaban las primeras posiciones del recorrido del rey a la entrada del psiquiátrico. No había un solo loco en su habitación y todos llenaban los jardines con aplausos y vítores al Séquito mientras hacía su entrada a palacio. Tan sólo la cocina trabajaba, y no lo hacía al ritmo diario de dar de comer a 300 pacientes, sino a muchas más con lo que duplicaron su trabajo.

El Rey estaba contento por el recibimiento obtenido, y tras reunirse con sus queridos hijos hizo toma de posesión del psiquiátrico. Dio un banquete al que asistió todo el mundo y tras la Cena tomó la palabra para dar un discurso: “Queridos pacientes y trabajadores del psiquiátrico, confío plenamente en vuestra fidelidad a la nueva corona, y prueba de ello es el recibimiento que me habéis brindado, pero si hay algo que anhelo desde que puse la vista en este psiquiátrico, no son las posesiones que tan solícitamente han inventariado mis amados hijos, sino un Secreto, un secreto milenario que habéis pasado por tradición oral de padres a hijos, de locos a locos,  de pacientes a médicos, en el paso de los siglos, y que los príncipes, desgraciadamente no han podido descubrir. Siempre me caractericé por ser justo, y por regir mis reinos con mano férrea, y aquí ante Dios os aseguro, que si tras finalizar estas palabras nadie confiesa dicho Secreto que ha mantenido la paz y la serenidad en el psiquiátrico todo este tiempo, mi furia caerá sobre vosotros y vuestros hijos, y los hijos de vuestros hijos.”

Pronunciadas estas palabras un plúmbeo silencio se apoderó de la estancia, hasta que Rosa, la princesa, la más limpia de corazón, apenada ante las palabras de su padre, se levantó y tomó la palabra: “Padre, durante mi estancia aquí estas gentes, locos o no, han sido las más amables del mundo. Antes de cruzar el foso de entrada era inimaginable para mí un recibimiento igual y después de este tiempo, creo haber comprendido el Secreto. El Secreto de la felicidad intramuros, y creo que el antiguo Rey lo sabía, y por eso jamás abandonó los muros del psiquiátrico, es que la verdadera cordura está aquí, entre los locos. Su simpleza y sinceridad, su visión de la vida, es la que ha hecho que se respire durante años este ambiente de cordialidad y armonía. Los locos, los verdaderos locos, están ahí fuera, destruyendo el mundo, permitiendo la hambruna, las guerras…”

…Las guerras… Estás últimas palabras reverberaban por el castillo mientras los locos sonreían y los extranjeros del séquito del rey se miraban incrédulos los unos a los otros. Finalmente el Rey retomó la palabra y mirando a su hija emocionado dijo… “Trabaja, plasma las palabras, hazlas balas, atrapa ráfagas, sal, machaca cada sala, ladra hasta rasgar la garganta, saca las garras, las armas, las gradas harán palmas, la fama tarda, patán, jamás hallarás paz, amargas caras largas arrastran maldad, andarás a rastras, pagarás caras las cagadas, las carcajadas sabrán saladas…” y colorín colorado, esta locura se ha acabado.

(pdt: Al joven y apuesto príncipe de metro noventa, tez morena, ojos y pelo castaños y complexión atlética, Le quedan aún unos días de trabajo en el psiquiátrico, y con un poco de suerte cobrará el paro, por lo tanto hoy también ha sido un lunes al sol, pero diferente.)

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