Llevaba mucho tiempo sin escribir, y una sensación de responsabilidad y constancia me ha empujado a retomar mis andanzas con mi bitácora. El calor aprieta y yo he vuelto a la casa de mis padres. Motivos varios precipitaron esa decisión pero con decir que el continental clima extremeño se sobrelleva mejor con piscina y aire acondicionado basta. Además creo que huelga decir que sin dinero para pagar el alquiler malamente se puede independizar uno.

Otra novedad que añado a la receta en este punto de inflexión es un nuevo e ilusionante trabajo en una empresa de energías renovables dedicada al desarrollo de todo tipo de proyectos de instalación y mantenimiento de placas fotovoltaicas. Dicha empresa se encuentra en un momento crucial de expansión y ahí es donde entro a jugar yo. De momento me quedo con el ambiente de trabajo y mis compañeros. Una nueva aventura y una excusa para ejercitar ese músculo que tenía tan atrofiado y maltratado en los últimos tiempos llamado cerebro.

Pero viendo que la última vez que intenté trabajar me puse enfermo el día anterior (y soy de los que no enferman nunca) decidí intercalar antes de mi primer día de trabajo un fiestón en Madrid, un viaje a Budapest y Viena para visitar a amigos y un concierto de Metálica. Del viaje a Budapest hablaré con más tranquilidad en otro momento, pero puedo asegurar que lo más impresionante de Budapest, al menos del que pude conocer, no son sus chicas, que haberlas hailas de todos los colores, ni su comida, excesivamente contundente para afrontar los fríos inviernos y que dieron buena cuenta de nuestros maltrechos estómagos, ni su famoso parlamento, o el puente de las cadenas, o la ciudadela, o la plaza de los héroes, ni Buda, ni Pest. Lo más espectacular de Hungría son sus Balnearios. Creo que si el cielo existe debe ser algo muy parecido a lo que pude disfrutar en Széchenyi. También está el de Gellért y otros muchos y famosos, pero como el de széchenyi ninguno. Hasta tal punto llegué a orgasmar en dicho santuario del placer y el descanso que confieso que tuve que repetir.

Puede que mis palabras suenen un poco a pitorreo, o puede que me esté haciendo mayor, pero aunque en Budapest salimos de fiesta, para mí lo más impresionante del viaje fue lo que os acabo de contar, así que ahí queda eso.

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