Aquella noche no dormí por el dolor. El traje de yeso que estrenaba mi pierna derecha era demasiado ajustado, a pesar del esmero que puso el modisto del San Pedro de Alcántara que se lo hizo a medida.

Eran las 12:30 y llegábamos puntuales para nuestra reunión con “unos tíos de la India” que venían a buscar colaboraciones con empresas de aquí para desarrollar proyectos en la India de energías renovables. Yo sería el traductor. Al entrar en el edificio de PriceWaterhouseCoopers en el Paseo de la Castellana, me dí cuenta de la embergadura del sitio y la reunión que íbamos a tener y rápidamente comenzó la partida. Pasé de ser un lisiado informático de Cáceres a convertirme en un  JASP (Joven Aunque Sobradamente Preparado) ejecutivo, que haría las veces de traductor con sus “socios” de la empresa. La chica del Hall requisa nuestros DNIs para hacernos unas autentificaciones a medida con las que acceder al enorme edificio de la Castellana y en ese momento entra por la puerta Ajai, el indio con el que nos íbamos a reunir. Porte distinguido, educación colonial, o sea Británica, elegancia en el vestir y en sus maneras y un ojo caído que dotaba de un halo de misterio a su mirada. Ajai oyó como decíamos el nombre de nuestra empresa mientras nos hacían las identificaciones y rápidamente se presentó. Mis jefes no hablan nada de inglés y por ese motivo viajaba yo a la reunión así que asumí el rol que me tocaba e hice las presentaciones pertinentes.

Una semana antes estaba en el despacho de mi jefe hablando sobre un proyecto cuando recibió una llamada en la que le confirmaban la reunión con los indios en Madrid. En ese momento escuché como le decía a su interlocutor que no era necesario llevar un traductor y me preguntó si me atrevía a hacerlo yo. – sí, claro… sin problema-. No era consciente del nivel e importancia de la reunión.

Ajai comenzó a preocuparse por mi lesión mientras esperábamos el ascensor. – Skiing or snowing?- preguntó. Joder, ni siquiera me preguntaba cómo me la había hecho, ya daba por sentado que había sido esquiando, cómo afinó el tío. Conversamos 5 minutos ante la incrédula mirada de mis jefes y por qué no decirlo, mi propio asombro, pues no esperaba que se me diese tan bien, pero he de admitir que el indio se expresaba con claridad, pronunciando bien y hablando despacito con lo que no tuve ningún problema de comprensión y me fui creciendo.

Me encontraba dentro de una película en la Gran Manzana, entrando en un edificio de oficinas poblado por las mejores consultorías, brokers y firmas de abogados del país, y en una moderna sala, bajo el aroma de una mierda de café americano, hablando de negocios que podrían cambiar el mundo. Yo Tom Cruise en “The Firm” (La tapadera), era George Cloney en “Up in the Air”… no no, mejor Brad Pitt en “The Fight Club”, sí, ese look me gusta más, y el resultado de la operación dependía exclusivamente de mi encanto y habilidades para tratar con una joven broker recién licenciada en Harvard que podría ser perfectamente Monica Bellucci. Abrí los ojos y la realidad no distaba mucho de la ficción, salvo porque yo no era Brad Pitt ni me chaqueta y ancho pantalón para que cupiese la escayola eran los trajes de lujo que portan personajes de la talla de Clooney o Cruise, y la Broker no era una broker, sino un broker, otro indio: Alan. El café que tenía delante era de cafetera y las vistas no eran de la Quinta Avenida sino de la Castellana pero por lo demás todo pudo haber transcurrido en mi película como ocurrió en la realidad, ya que se habló de grandes negocios, de grandes ideales, de posibles fusiones, de historia, de filosofía, de diferencias culturales, de nuevos modelos energéticos que cambien el mundo, de aquí y de allá, y en todo este proceso yo era el filtro, el tamiz por el que pasaban las opiniones de unos y de otros, permitiéndome el lujo de poner énfasis en aquellas partes de la conversación que más me entusiasmaban. Nunca fui partidario del doblaje de las películas, pero eso no ha de restar valor a los actores de doblaje. En aquella situación los comprendía más que nunca, y pronto dejé de ser un mero tamiz para expresar mis opiniones y ser un interlocutor más. Fue fascinante, pero creo que lo que lo hizo más especial fue la facilidad con la que me flipo y adapto a este tipo de nuevas situaciones que me dan tanta vidilla. A las dos horas acabó la reunión, comimos en la castellana y regresamos a Cáceres. Esa noche volví a ser un informático lisiado de Cáceres, pero tras  una ducha calentita, me tumbé en el sofá, cerré los ojos mientras escuchaba a Ray Charles y me convertí en el mejor personajes de todos, yo mismo, bailando en mi salón, con la pierna escayolada, haciendo un dueto brillante con Gene Kelly.

“Dios no te hubiera dado la capacidad de soñar sin darte también la posibilidad de convertir tus sueños en realidad”. Héctor Tassinari