-Shut the fuck up! What the hell were you doing in that fucking shit place dude? are you fucking crazy?– gritó Dimitri mientras cerraba la puerta del coche de un ensordecedor golpe y metía la primera – Let’s get the hell out of here -. A pesar del nerviosismo de Dimitri, arrancó el coche y se alejaron lentamente de aquel oscuro lugar.- Fuck you, you fucking fuck!– espetó Stewe. Éste no pudo retener el impulso de echar una última mirada atrás para ver cómo sus esperanzas de recuperar el dinero se alejaban en la misma dirección pero en sentido opuesto al deslucido Toyota Celica morado del 78 pilotado por Dimitri.

Las calles de Belgrado continuaban desiertas a esas horas de la madrugada, y un viejo ruso borracho al volante de un coche morado con un acompañante pelirrojo irlandés eran carne de cañón para las numerosas patrullas de la policía serbia que hacían la ronda de noche en la ciudad, siempre de la mano del mejor postor, en este caso la mafia rusa, la más poderosa en la capital de la extinta yugoslavia. Dimitri no tenía muchos amigos ni en la corrupta policía ni en los clanes rusos, más bien todo lo contrario, de ahí que condujese el coche con extrema precaución.

Stewe estaba jodido… sí señor, extremadamente jodido, y como no se les ocurriese algún plan rápido acabarían con sus huesos en el Danubio antes del amanecer. A esas alturas ya habría llegado a oídos del “Hispano”, que un peso pluma pelirrojo inglés o probablemente irlandés había pasado por el club Dobra, había dilapidado en menos de una hora 4 de los grandes al Texas Holdem, y sus últimos 500 pavos con dos putas sílfides rubias menores de edad, cortesía del Dobra. Si no es por Dimitri, quién irrumpió en medio del tugurio mal llamado habitación en el que Stewie daba rienda suelta a sus instintos sexuales con esas bellezas balcánicas, para sacar a hostia limpia del local al estúpido de su amigo, “el irlandés” no habría salido con vida del peor antro de la ciudad.

A pesar de haber hecho algún que otro trabajo para el Hispano, la deuda del irlandés ascendía 20 de los grandes, y el plazo de devolución terminaba al alba. Al hijo puta del irlandés siempre le perdieron las jovencitas, y no se le ocurrió mejor manera de amenizar su viaje en compañía de Caronte, que la inocencia de las dos chicas que subió a la habitación, tras fracasar su intento a la desesperada de recuperar su deuda jugando al poker. Si Hades le esperaba en el Infierno, y el Hispano pagaba el billete, sólo le quedaba elegir cómo viajar.

El crepúsculo llegaba a su fin, y ambos amigos dejaban atrás la ciudad con rumbo incierto. De repente Dimitri aminoró la velocidad y se dirigió a una zona de descanso. Paró el coche y no dijo nada. El irlandés tampoco. Los primeros rayos de luz deslumbraban en el horizonte y el único sonido apreciable era el de un riachuelo cercano. Silencio…

– Continuará-

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