Siempre fui un amante de las resacas. Navidad, dulce navidad, tiempo de amor, confraternización y pedos antológicos en el reencuentro con amigos, familiares o compañeros de trabajo.

Los más Espartanos, descendientes de Leónidas y aquellos feroces combatientes que perecieron contra las hordas persas en las guerras púnicas y que salieron victoriosos tiempo después ante la todopoderosa Atenas por la supremacía en el Peloponeso, son entrenados desde edades tempranas en el ducho arte del driking hemorrágico y no esperan a tan vacua efeméride llena de hipocresía para agarrarse un buen castañazo. Lo hacen reiterativamente día tras día desde que sale hasta que se pone el sol. Son los seguidores de Baco. Amantes de Dionisos, de la orden mística de Orphos, se juntan en la luna llena para beber y entrar en trance mientras beben, cantan se regocijan y follan alrededor de una hoguera que los mantienen calentitos. Tal hedonismo orgíaco tiene su recompensa masoca en la resaca post-mortem del día después. Para esos duros guerreros, cuya fortaleza mana del caliz de la vida eterna, van dedicadas estas líneas, porque hoy más que nunca os comprendo e idolatro. Hoy me uno a vuestro aquelarre aprovechando la fuerza interior que siempre me dio la conciencia introspectiva y espiritual alcanzada en el estado de resaca. Hoy más que nunca intento alcanzar con la yema de los dedos la excelencia al final del túnel.

Abro los ojos y sigo vivo. He vuelto de entre los muertos.

Tres-catorce-dieciséis.