Tic… Tac… Tic… Tac

Ruido ensordecedor para el que como yo, se distrae con el vuelo de un mosquito. Me levanto, quito el reloj de pared de la cocina y lo castigo una hora encerrado en el cuarto de baño, más concretamente sobre la taza del Váter. Ahora sí puedo leer.

Curiosa estampa la mía distraído con el vaivén de un reloj viendo como caen los minutos, las horas… los días.

Tic… Tac… Tic… Tac.

El tiempo pasa… inexorablemente. Con esta tajante frase aprendí en su día el significado de inexorable: que no atiende a ruegos ni preguntas.

Tic… Tac… Tic… Tac.

Me hago viejo, amigo. Sí señor… viejo. El puto reloj de pared juega su rol de tocapelotas a la perfección cada vez que nos quedamos a solas y ningún ruido perturba el silencio sepulcral que se apodera de mi casa salvo el leve pero rítmico carraspeo del hijoputa del reloj.

Tic… Tac… ¿Qué haces ahí sentado Jou?

Tic… Tac… ¿Qué fue de tus sueños Jou?

Tic… Tac… Soy la voz de tu conciencia Jou

Tic… Tac… ¿Acaso vives cada día como si fuese el último de tu día Jou?

Tic… Tac… Pues deberías Jou, nunca se sabe lo que puede ocurrir. ¿Por qué no te levantas del mugriento sofá y haces algo productivo Jou?

Tic… Tac… ¿Jou? ¿Qué haces Jou? Déjame en la pared por favor…  que ya no te molesto más, créeme de verdad, que me callo. ¿Jou? ¿Dónde me llevas Jou? Nooo… otra vez nooo…

Tic… Tac…

Tic.

Ahora sí puedo leer.